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Bueno contra bueno… ¿quién es bueno?

Hace poco fui a ver Capitan America. Civil war, la tercera película de esta saga, que es como la décima de la serie Advengers tomada en conjunto.

No se preocupen, no hay ningún spoiler en este texto. No diré nada que no aparezca ya en los trailers.

Por lo que se puede ver en esos avances, la película presenta una fuerte discordia civil war 1entre la mayor parte de “los héroes más poderosos del planeta”. Con el capitán Rogers y Tony Stark a la cabeza, siguiendo a uno y a otro, tenemos un enfrentamiento de súper-héroes peleando entre sí; y, dicho sea de paso, con ellos también la audiencia, que nos hemos “dividido” entre #TeamIronMan o #TeamCap.

En estos días, coincide en cartelera Batman vs Superman y, aunque no la he visto, según muestran los trailers me parece que otro tanto ocurre en ella: dos defensores insignes de la humanidad batallando, cada uno procurando derribar al otro.Batman_v_Superman

No creo en las casualidades. Y menos cuando hablamos de productos culturales como el cine…

Me parece a mí (puedo equivocarme y me encantaría leer sus comentarios al respecto) que estamos presenciando la conquista de una nueva cota por parte del relativismo.

Hasta ahora, si había algo que se mantenía con cierta claridad, era la figura del súper-héroe que se enfrentaba al villano. El villano era malo y perdía. El súper-héroe era bueno−no perfecto, pero bueno− y ganaba.

Ya no.

Las fronteras que separaban a los buenos de los malos se van difuminando de tal modo que cada quien (#TeamIronMan  /  #TeamCap) decida a cuál grupo, de buenos o malos, pertenecen unos u otros… más aún: para que cada quien decida si existen o no tales grupos.

Se trata de aquel viejo “nada es verdad, nada es mentira: todo depende del cristal con que se mira”.

Sí: hay algo de relativo en algunas verdades. No hay duda de ello: eso es una verdad Dependeabsoluta. Pero en la base de opiniones, gustos e interpretaciones se mantiene la verdad: pueden haber muchos “cristales”, pero la realidad que se mira es una y es como es. Sin ella no sería posible ni el conocimiento, ni la convivencia, ni el avance de la ciencia, ni los ideales, ni… ¡nada!

Las nociones de bien y de mal. De bueno y de malo. De súper-héroe y villano hasta ahora se habían respetado bastante bien. Pensemos, por ejemplo –y para no dispersarme mucho del contexto de estas reflexiones− en la figura de Loki: es simpático, inteligente, su trágica historia puede conmover… pero la verdad es que hizo cosas malas y debe responder por ellas ante la justicia de Asgard. Punto. Punto y seguido o punto y aparte, si se quiere, pero punto. Y hemos de reconocer que eso es parte de lo que nos atrae al cine, incluso cuando no seamos conscientes de ello: historias –fantásticas o reales− bien contadas, coherentes, lógicas, que tengan algo que decir acerca de nuestra condición humana. Que nos presenten esos claroscuros que entretejen nuestra vida y la hacen interesante.

Si pretendiéramos borrar –mejor dicho ignorar porque allí seguirán, queramos o no− las nociones de verdad y bien como puntos estables de referencia, como faros firmes del faropaisaje, lo que nos queda es el caos. Nos queda un cuadro pintado sin contrastes, un juego de fútbol sin líneas ni posiciones, un sistema de “justicia” donde se impone la fuerza, a falta de otros referentes…

La película es buena, a mí me gustó, al menos. NO estoy diciendo que tenga un planteamiento absolutamente relativista (jaja!), sólo que me parece que estas nuevas propuestas de los buenos contra los buenos, además de resultar entretenidas –sí, no podría ni querría negarlo− ofrecen un contexto interesante para aprovechar de plantearnos cuestiones más de fondo…

 

 

 

 

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Necesitamos un Sinsajo

Todavía está reciente el estreno de Sinsajo 2, que es a su vez la tercera parte de la saga Los juegos del hambre, puesta en escena desde 2012 por Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson, Liam Hemsworth, Woody Harrelson, entre otros.

Desde hace tiempo tengo la intención de escribir algunas cosas, sin llegar a concretarla todavía. De momento, sin embargo, la unión del estreno (que he disfrutado mucho) con la situación país, el ambiente pre y post electoral, la realidad que seguimos viviendo… me han llevado a estas líneas; porque la verdad es que me resulta imposible no hacer comparaciones entre una y otra: tanto Venezuela como Panem están sumidas bajo sistemas de gobierno totalitarios que generan miseria, muertes, injusticias… Y recordaba entonces el comentario (emocionado) de una amiga cuando salió de ver Sinsajo 1: “¡necesitamos un Sinsajo! ¡Quiero que tengamos uno!” sinsajo1

Y efectivamente: estamos viviendo unos tiempos que reclaman cambio, rumbo nuevo, porque el que tenemos ahora no nos ha dejado un saldo positivo. Y no estoy haciendo política con esto, que podría –por qué no…no habría nada de malo en ello-, pero ahora quiero hacer un planteamiento que pretende ser (ni mejor ni peor, sino) diferente del político…

Sí, es cierto: queremos un Sinsajo, necesitamos un Sinsajo; y entonces cabe la pregunta “¿qué es el Sinsajo?” En la historia de Suzanne Collins, el Sinsajo es una imagen, un símbolo –EL símbolode la resistencia, de los hombres y mujeres que se revelan a ser esclavizados por la tiranía, la mezquindad, la miseria…y, sobre todo –sobre todo−, se resisten y se revelan frente a la obligatoria lucha a muerte de los ciudadanos de Panem entre sí.

En varios momentos de la película y del libro, Katniss –el Sinsajo− y otros rebeldes hacen ver a los demás que “el verdadero enemigo” es el real enemypresidente Snow (y el sistema que ha instaurado) porque es quien los pone a pelearse entre sí, quien los hace matarse los uno a otros (y gran parte de la rebeldía de la película es contra ese ponerlos en la arena para una lucha a muerte con fines de entretenimiento (y sometimiento) de seres que originariamente no tienen nada unos en contra de los otros.

En estos días, transitando por Caracas, me fijaba en los muchos venezolanos que me rodeaban… Cada uno en lo suyo: una cola de mercado, saliendo del trabajo, manejando su carro o su moto, trotando, comprando… Gente. Venezolanos. Tan venezolanos como yo y como aquellos a los que quiero. Y pensaba, con cierta tristeza –a pesar de que era un pensamiento que podríamos llamar “positivo”−, que este pueblo nuestro es bueno. Los venezolanos somos buenos. Somos buenos. ¡Somos buenos! Pero estamos viviendo unas circunstancias que, al igual que en la tiranía de Panem a manos de Snow, buscan despertar en nosotros y reforzar lo peor de cada uno.

Necesitamos un Sinsajo.

Necesitamos revelarnos frente a este intento de seguir sacando de nosotros lo peor. No es (sólo) oponernos –que sí, que lo incluye y en esa batalla estamos− frente a un color, a una tolda, a un sistema político y sus secuaces; es eso, pero es aún más. Menos evidente, pero más vital y necesario: es resistir y arremeter contra el continuo llamado a despertar lo más bajo de cada uno de quienes habitamos esta tierra de gracia, porque el peligro es mucho mayor que cualquier debacle económica: el riesgo es el de terminar convirtiéndonos en la peor versión de nosotros mismos.

Ese es el verdadero problema, tal como lo recuerda aquél personaje en la Polonia invadida por la tiranía de Hitler: “si el bien no triunfa los nazis volverán con otro nombre”. El problema de fondo –como todas las grandes historias y hazañas humanas− está en el bien. Las circunstancias siempre son pasajeras. La necesidad del bien es permanente.ser bueno

Los sistemas de gobierno, los sistemas económicos, la cultura, la sociedad…fallan, se desboronan, cuando se ausenta de ellos el bien. Por tanto, el reto de los venezolanos –de cualquier ser humano, en realidad, pero ahora pienso en Venezuela− es mantener viva y defender su capacidad de luchar por el bien, de rescatar lo bueno…aunque cueste.

El Sinsajo, por tanto, el símbolo de quien se niega a ser reducido a su-peor-yo, es –tal como nos lo enseñaran Homero y Aristóteles− el hombre virtuoso. El Sinsajo que necesitamos es la virtud. La búsqueda constante y consciente del bien.

Katniss aprendió que “el verdadero enemigo” no era ninguno de sus conciudadanos, sino que había un origen mayor de las desgracias. Tenemos que hacer lo mismo. Los demás venezolanos NO son nuestros enemigos, sino la provocación continua a defendernos y atacarnos unos a otros.

Mi amiga tiene razón: necesitamos un Sinsajo. Necesitamos vencer el mal “con sobreabundancia de bien”. Necesitamos ser mejores, cada uno en su propio ambiente. Necesitamos hacer cosas buenas. Necesitamos obrar bien. Necesitamos, en una palabra, virtudes. hopeEstamos bajo una tiranía que apuesta por lo peor de cada uno. No la dejemos ganar en ese terreno tan personal e íntimo. Decidámonos a sacar lo mejor de nosotros, que es buscar el bien en cada una de nuestras circunstancias, pase lo que pase, cueste lo que cueste, estemos frente a quien sea… Y eso, en la práctica, se llama ejercitarse en las virtudes (puedes leer más sobre esto en este otro post).

¿Cuáles virtudes? El catálogo es amplio: revisemos y busquemos según nuestro propio caso. Solidaridad, honestidad, perseverancia, optimismo, sinceridad, fortaleza, justicia, prudencia, templanza, caridad, esperanza…

El Sinsajo es la imagen de la rebelión contra lo que nos animaliza. Es la imagen del hombre virtuoso. Lo muestra Homero, lo explica Aristóteles, lo encarna Jesús, recién llegado al pesebre. Vale la pena el esfuerzo: es nuestra integridad lo que está en juego.

La paradoja de la felicidad humana (*)

La reciente creación del (Vice)Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo ha generado todo tipo de comentarios en las redes sociales y ocupado espacio en las conversaciones ocasionales de muchos venezolanos…no es para menos, la verdad.

Ciertamente, si los ministerios son los departamentos en que se divide la gobernación del Estado (RAE) y están para servir a los ciudadanos, según sugiere el término latino “ministrare” del que proviene, da la impresión de que todos y cada uno de ellos −y el Gobierno entero de una Nación− deberían tener como objetivo general “hacer feliz” al Pueblo que lideran. Pareciera que no hace falta un ente especializado en procurar la felicidad de un país, sino que esta sería la consecuencia natural de una gestión bien llevada.

Seguramente el tema sea más complejo que lo dicho y quizás estas observaciones no sean del todo acertadas. Pero a lo que se dirigen ahora estas líneas es a la pregunta acerca del sentido, el origen y los modos de alcanzar esa meta universal en que consiste la felicidad humana.mafalda_llave1

Todos queremos ser felices. De eso no cabe la menor duda. Ni siquiera cabe escapatoria: la búsqueda de la felicidad es lo único que determina al ser humano, es lo que le mueve a actuar, lo que inspira sus días y cada una de sus acciones. Sí: todos queremos ser felices, pero no siempre sabemos cómo lograrlo.

En líneas muy generales, podría hablarse de felicidad como la complacencia en la obtención de un bien; de donde Santo Tomás de Aquino destaca sus dos fundamentos: el primero, de carácter objetivo, es la perfección que se alcanza cuando se consigue un bien; y el segundo, perteneciente al plano subjetivo, es el gozo que se deriva de esa conquista.

De este modo, se deja ver que la felicidad surge necesariamente de la conjunción de estos dos elementos y se entiende sombraque es un efecto, una consecuencia…como lo es la sombra que un objeto proyecta sobre una pared. Se produce entonces algo paradójico: la felicidad no es una meta que pueda buscarse en sí misma, como no puede procurarse en sí misma la sombra, sino que es “el bono” que acompaña a lo bueno. La felicidad no puede existir donde no exista el bien. A lo sumo habrá placeres, incluso algunas alegrías pasajeras, pero la felicidad no aparece si el bien no está presente.

Por otra parte, la felicidad será mayor, mejor y más estable según sea así el bien que la sustenta, razón por la cual las mayores felicidades humanas están en el encuentro con los demás, en el amor: porque la persona humana es el mayor bien del universo.

Vale la pena no perder esto de vista en la propia vida y frente a los personales anhelos: el camino indispensable para alcanzar la felicidad es conseguir el bien, luchar por alcanzarlo, por hacerlo cada vez mayor y mejor en nuestro día a día.

*Esto fue un artículo publicado hace DOS AÑOS como colaboración a una web de temas de política… Facebook me recordó acerca de su publicación y decidí compartirlo aquí…

“Cuatro formas de vivir el optimismo”

Este texto está publicado originalmente en el excelente Blog http://proyectosb612.com/

Pueden acceder a él en: bit.ly/1zO0abX

Cuatro formas de vivir el optimismo

El tema del optimismo es uno de esos de los que todos hablamos, aunque no siempre con unidad de criterios.

Desde un punto de vista muy superficial, suele dibujarse al optimista como un sujeto ingenuo –que se autoengaña repitiendo que “todo está/estará bien”−, conformista y pasivo para quien tener “la mitad del vaso lleno” resulta suficiente. Si se la plantea así, se entiende que resulte una virtud tan poco atractiva.

Pero no consiste en eso el verdadero optimismo.

En líneas muy generales hablamos del optimista como de alguien que confía razonablemente en las capacidades propias y de quienes le rodean, que le lleva a fijarse en las oportunidades de bien que brindan las diferentes situaciones. Es el sujeto que atiende con realismo a “la mitad vacía del vaso” y la valora como una ocasión que se le ofrece para buscar los medios con los que llenarlo.

El verdadero optimismo no supone estar “echando porras”, “flotando sobre una nube” o riendo todo el día. De hecho es perfectamente compatible con el cansancio, el dolor, la tristeza…siempre y cuando no se abandone el empeño por conseguir las metas propuestas.

Podríamos hablar de tres características de la persona optimista:

  1. Confianza. En sí mismo, que le lleva a actuar. En los demás, que le lleva a pedir ayuda cuando reconoce sus propias limitaciones. En las opciones de bien que toda situación presenta, pues el mal absoluto no existe.
  2. Deportividad y perseverancia en los esfuerzos. Nada que valga la pena se consigue sin lucha. El des-enfado, propio de la actitud deportiva, lleva a continuar un día tras otro, mejorando en lo que haga falta y manteniendo lo bueno, sin rendirse por las dificultades.
  3. Capacidad de trascender lo inmediato. Porque la persona humana existe sólo en presente, pero se autoconstruye en el tiempo y nada de lo nuestro –ni los éxitos ni los fracasos− son definitivos.

Teniendo en cuenta que esta última característica da apoyo y sentido a las dos anteriores, vale la pena −como invitaba Víktor Frankl a sus pacientes y a sus compañeros de Auschwitz y Dachau− que encontremos un sentido trascendente a la propia existencia  de modo que podamos dar a las cosas, las personas y las situaciones el valor que realmente merecen.

Decía en una ocasión este psiquiatra vienés que “la vida tiene siempre un sentido, en cualquier circunstancia, y también aquí, en este maldito campo… Debemos mantener la esperanza de que nuestra vida jamás perderá su dignidad y su sentido. Os aseguro que en las horas difíciles siempre hay alguien que nos observa: un amigo, una esposa, alguien que esté vivo o muerto, o un Dios. Y ese alguien espera que suframos con orgullo, no miserablemente, y…con dignidad”[1], con lo cual daba a sus interlocutores –y a nosotros− una luz nueva sobre lo que puede constituir la confianza última y más firme para vivir el optimismo.

En estos tiempos de crisis (en casi todos los ámbitos, hemos de reconocerlo) la práctica de esta virtud se presenta como un reto muy particular. Creo que las siguientes cuatro ideas podrían ayudarnos a ello:

  1. Plantearse y mantener siempre presente el sentido de la propia vida.
  2. Mejorar y profundizar en nuestro autoconocimiento, en el de los demás y en el de la realidad que nos rodea.
  3. Plantearse metas de mejora cercanas y concretas para no desfallecer en los esfuerzos.
  4. Ejercitarse -al conversar, por ejemplo- en resaltar siempre, o al menos de primero, lo bueno de las personas y las situaciones.

Necesitamos hacernos cada día más capaces del bien y el crecimiento en optimismo es buen camino para lograrlo.

[1] Rafael de los Ríos. Cuando el mundo gira enamorado. Rialp 2002 2da edición p.109