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El poder de un (buen) amigo*

El tema de la amistad es uno de los que están más íntimamente relacionados con nuestra condición de personas. Todos los hombres de todos los tiempos y culturas –cualquiera fuera su condición− han tenido amigos.

Al igual que ocurre en todo lo radicalmente humano, el cine y la literatura suelen hacer eco de la verdad que encierra aquello de que «quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro». No podemos imaginarnos al Principito sin el zorro o el aviador; o al Quijote sin Sancho; a Frodo sin Sam; a Harry sin Ron y Hermione…por nombrar sólo a algunos (de mis favoritos).
Los seres humanos somos sujetos esencialmente relacionales. Necesitamos del otro para ser nosotros mismos. Y esto no (solo) desde una perspectiva de necesidad-por-carencia, sino más bien de necesidad-por-abundancia: como hemos comentado en alguna otra ocasión –y como lo hemos experimentado todos, en mayor o menor medida−, las personas nos perfeccionamos en la autoposesión que nos permite autodonarnos, es decir: en el amor, una de cuyas manifestaciones privilegiadas es, de hecho, la amistad. img_0291

Es mucho lo que se ha dicho y puede decirse acerca de este “tesoro”. No pretendo ahondar ahora en ello, pero sí quería dejar unas líneas acerca del enorme bien que puede hacer la palabra acertada, el diálogo adecuado, la invitación conveniente…cuando vienen envueltos con los lazos de la amistad. Cada quien puede pensar en su propia experiencia: cuán distinta podría haber sido nuestra historia de no haber contado con los buenos amigos que hemos tenido la suerte de encontrar y cultivar a lo largo del camino.

Quizás lo de “buen-amigo” sea redundante: me parece a mí que lo que hace amigo a un amigo es que sea, precisamente, bueno. Que lo propio de la amistad es “querer bien al amigo y querer el bien del amigo”, como explicaba el Dr. Pérez Olivares.

En la historia que cuenta Good Will Hunting vemos algo de esto: un joven genio viviendo a medias y con un mar de oportunidades por delante, aterrado frente a la imageposibilidad de querer y dejarse querer y a quien las palabras de su amigo −sinceras, retadoras, llenas de bien− abren su espíritu a los consejos recibidos y dan el impulso para “lanzarse al agua” y atreverse a la grandeza de la que era capaz, en lo personal y lo profesional.

Una conversación con un buen amigo: a veces es todo lo que hace falta para transformar una vida. De ahí la responsabilidad de ser un buen amigo de nuestros amigos (y de quienes nos rodean). De allí la necesidad de cuidar a los amigos buenos que tenemos.

En lo personal, quién sabe cuán perdida estaría de no haber sido por mis amig@s. Cuánto más habrían costado las cosas sin el apoyo cercano, confiado e incondicional de Caro, Dani, Mel, Martín, Albert, LuisE. Sin el consejo sabio, paciente y oportuno de Noy, Gerardo, José Antonio, Chipín, Nico… Qué interesante hacen el presente, junto a Lore, Adri, Gra, Lando, María, Pichu… E incluso (aunque nos veamos muy poco!) Amin, Carlos, Ainara, Isa, Silv, Anita, Carolina, Míguel…

Querer bien al amigo y querer el bien del amigo”. Es lo propio de la amistad. Es lo que tienen en común los grandes personajes (reales o literarios) y quienes hemos vivido, en la doble dinámica del dar y recibir, la suerte de contar con buenos amigos.

 

* Hace varias semanas vi Good Will Hunting (Matt Damon, Robin Williams y Ben Affleck, 1997…ya “es vieja”) y me hizo pensar un poco sobre el título (no sé si cursi) de este post…y siendo así que este fin de semana es el llamado “día del amor y la amistad” (no diré mi opinión sobre si ESO es cursi o no, jaja!), me pareció pertinente poner por escrito parte de esas ideas.