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El amor de papá que da fuerza a un Gran Pequeño*

Ambientada en un pequeño pueblo de California de los años 40, Little boy  cuenta la historia de Pepper Flint Busbee, un niño de 8 años con problemas de crecimiento, apodado así, ‘little boy’ (pequeño niño/niño pequeño), por unos (entre cariñosos e indiferentes) y “enano” por otros, que lo tratan mal y molestan.little-boy-4

A pesar de todo, Pepper es un niño feliz pues goza del cariño, la compañía y aliento de su papá; sin embargo, su mundo se tambalea cuando “su socio”, su mejor amigo y refugio tiene que irse a la guerra.

Inspirado por una homilía dominical, decide hacer todo lo que esté a su alcance por conseguir lo imposible: hacer que finalice la contienda y traer a su padre de vuelta a casa. El sacerdote del pueblo lo anima entonces a poner en práctica una “lista ancestral” con la que Pepper comienza a vivir algunas obras de misericordia a fin de aumentar su fe y lograr su cometido.

A mí me gustó mucho la película: tiene muy buenos actores haciendo muy bien sus papeles; me encantaron la ambientación, la fotografía, ¡la ternura de Pepper!, la sabiduría de Hashimoto y del padre Oliver (cada una en su estilo)… Se las recomiendo, especialmente en este junio −que es mes del padre, en mi país al menos− del Año de la Misericordia.

Además, me parece que se le puede sacar −además de alguna posible lagrimita− mucho provecho para nuestra vida personal y familiar (que es lo que, en el fondo, busca Verástegui con su trabajo, no?), motivo por el que quise compartir algunas apreciaciones con ustedes.

  • Una primera (y principal) idea que se destaca es la importancia de la familia: la presencia de papá: el amigo y “compañero” que da seguridad, sentido y conserva la bondad e ilusión de Pepper; la figura materna como espacio de ternura, consuelo, fuerza y apoyo para hacer el bien.

En contraste con esa riqueza, se deja ver, en cambio, el vacío y la desorientación que sufren little boy8..tanto Freddy Fox (el hijo del médico) a quien le falta el cariño de su madre, como London Fusbee, por la influencia negativa que recibe de Sam (a quien le atormenta la amarga pérdida de su hijo).

Una cosa que me pareció particularmente interesante es que esa-presencia-de-papá es real y palpable, aunque no física, a lo largo de toda la película, justamente por la fuerza del cariño.

  • Hace un llamado de atención sobre la relevancia, en la tarea educativa, de manifestar confianza en las capacidades del otro como un modo de formar su autoconcepto y autoestima, así como camino para ayudarle a desarrollar esas potencialidades. (Me hizo recordar lo que cuenta THC en un reciente video acerca de la madre del famoso Thomas Edison)
  • La capacidad del amor (tanto familiar como de amistad) para descubrir, cuando es verdadero, el bien actual y posible en el otro: la clarividencia del amor (versus la –falsa− propuesta de su “ceguera”) lleva a quien ama a acompañar, escuchar, animar, little boy7exigir…al amado y le ayuda a alcanzar la mejor versión de sí mismo posible.
  • La referencia al “poder interno” −que podemos traducir como “bondad interna”, o sea: dignidad, libertad interior− como fuente de las grandes hazañas, tanto en las de Ben Eagle como en la perseverancia y el esfuerzo de fe por la que Pepper “logra lo imposible”, nos lleva a recordar que la persona vale por lo que es y no por lo que tiene.
  • La fuerza del amor, que mira el bien del amado más que el propio o por encima de los sacrificios que hay que hacer por él, está representada en la realización de “la lista ancestral”, cuya alta exigencia no amedrenta a Pepper que está determinado a traer de vuelta sano y salvo a su papá, cueste lo que cueste. De allí que el sacerdote le diga que «el amor que tienes por él [su padre] está contenido en esa lista» y que cuando el pequeño se la deja, una vez acabada, pueda afirmar «la hice por ti».
  • En la misma línea del empeño y sacrificio que supuso llevar a cabo la lista, hay una idea que me parece notable y es que, contrario a lo que algunos dicen a veces, amar y creer exigen coraje, fuerza, valentía, determinación. Un temple que tiene todo que ver con la riqueza interna, más que con la capacidad física, como dejan claro las historias tanto de Pepper como de Samao Kume, el pequeño e impotente sirviente.

En ese sentido, me encantó cuando Hashimoto le dice a Pepper que ‘no se mida de la cabeza al suelo, sino de la cabeza al cielo y entonces será el más alto’, volviendo a resaltar aquella idea de El Principito: lo esencial lo importante, lo grande, es invisible a los ojos.

  • Es particularmente interesante que lo que el padre Oliver propone a Pepper como camino de acrecentar la fe necesaria para traer a su papá de vuelta sean, listaprecisamente, las obras de misericordia corporales, a las que agrega una espiritual (que podríamos identificar con la de “perdonar las ofensas”) porque, como claramente señala el sacerdote, «tu fe no funcionará si tienes el más mínimo odio dentro de ti»: una verdad que debemos recordarnos los venezolanos, cada vez con más fuerza, en nuestro día a día…
  • Como ya me he alargado mucho y la película es bastante elocuente con respecto al modo como Pepper va cumpliendo su “lista” y las transformaciones que se producen en torno a ello, sólo voy a resaltar ahora dos ideítas, brevemente:
    1. Estas obras de misericordia se viven de modo sencillo y cercano, con quienes le rodean en lo cotidiano, idea que puede sernos útil e interesante pues a veces podemos habernos “acostumbrado” a las necesidades de quienes están a nuestro lado y dejamos pasar oportunidades de practicar la misericordia por esperar “grandes ocasiones”, que nunca llegan.
    2. Cuando va al hospital con Hashimoto y visita a un enfermo, Pepper supera su miedo y resistencia iniciales, pero además deja allí –le entrega, lo sacrifica− algo que era valioso para él, pues “esto de la misericordia” no consiste en dar lo que sobra o simplemente en “cumplir” una tarea u obligación, sino en darnos −como decía la beata Teresa de Calcuta− «hasta que duela», por amor a los demás.

 

Hay mucho más que decir, apreciar y aprovechar en esta película: ¿qué otras ideas agregarían Uds.?

 

Feliz día a este miembro tan importante de la familia, que tiene la capacidad maravillosa de convertir a “un enano” en un “gran pequeño”.Little boy cartel

¡Feliz día, en especial, al mío! 😀

 

PD: si alguno se anima a organizar un Cineforo con esta peli y quiere trabajarlo usando preguntas previas, les pongo a la orden unas que tengo preparadas: avísenme 😉

 

 

 

* Little boy (2015) fue dirigida por Alejandro Gómez Monteverde, producida por Eduardo Verástegui y escrita por Alejandro Monteverde y Pepe Portillo. Para quienes no la han visto, aquí les dejo el tráiler https://goo.gl/qRHHoL

 

 

 

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El poder de un (buen) amigo*

El tema de la amistad es uno de los que están más íntimamente relacionados con nuestra condición de personas. Todos los hombres de todos los tiempos y culturas –cualquiera fuera su condición− han tenido amigos.

Al igual que ocurre en todo lo radicalmente humano, el cine y la literatura suelen hacer eco de la verdad que encierra aquello de que «quien encuentra un amigo, encuentra un tesoro». No podemos imaginarnos al Principito sin el zorro o el aviador; o al Quijote sin Sancho; a Frodo sin Sam; a Harry sin Ron y Hermione…por nombrar sólo a algunos (de mis favoritos).
Los seres humanos somos sujetos esencialmente relacionales. Necesitamos del otro para ser nosotros mismos. Y esto no (solo) desde una perspectiva de necesidad-por-carencia, sino más bien de necesidad-por-abundancia: como hemos comentado en alguna otra ocasión –y como lo hemos experimentado todos, en mayor o menor medida−, las personas nos perfeccionamos en la autoposesión que nos permite autodonarnos, es decir: en el amor, una de cuyas manifestaciones privilegiadas es, de hecho, la amistad. img_0291

Es mucho lo que se ha dicho y puede decirse acerca de este “tesoro”. No pretendo ahondar ahora en ello, pero sí quería dejar unas líneas acerca del enorme bien que puede hacer la palabra acertada, el diálogo adecuado, la invitación conveniente…cuando vienen envueltos con los lazos de la amistad. Cada quien puede pensar en su propia experiencia: cuán distinta podría haber sido nuestra historia de no haber contado con los buenos amigos que hemos tenido la suerte de encontrar y cultivar a lo largo del camino.

Quizás lo de “buen-amigo” sea redundante: me parece a mí que lo que hace amigo a un amigo es que sea, precisamente, bueno. Que lo propio de la amistad es “querer bien al amigo y querer el bien del amigo”, como explicaba el Dr. Pérez Olivares.

En la historia que cuenta Good Will Hunting vemos algo de esto: un joven genio viviendo a medias y con un mar de oportunidades por delante, aterrado frente a la imageposibilidad de querer y dejarse querer y a quien las palabras de su amigo −sinceras, retadoras, llenas de bien− abren su espíritu a los consejos recibidos y dan el impulso para “lanzarse al agua” y atreverse a la grandeza de la que era capaz, en lo personal y lo profesional.

Una conversación con un buen amigo: a veces es todo lo que hace falta para transformar una vida. De ahí la responsabilidad de ser un buen amigo de nuestros amigos (y de quienes nos rodean). De allí la necesidad de cuidar a los amigos buenos que tenemos.

En lo personal, quién sabe cuán perdida estaría de no haber sido por mis amig@s. Cuánto más habrían costado las cosas sin el apoyo cercano, confiado e incondicional de Caro, Dani, Mel, Martín, Albert, LuisE. Sin el consejo sabio, paciente y oportuno de Noy, Gerardo, José Antonio, Chipín, Nico… Qué interesante hacen el presente, junto a Lore, Adri, Gra, Lando, María, Pichu… E incluso (aunque nos veamos muy poco!) Amin, Carlos, Ainara, Isa, Silv, Anita, Carolina, Míguel…

Querer bien al amigo y querer el bien del amigo”. Es lo propio de la amistad. Es lo que tienen en común los grandes personajes (reales o literarios) y quienes hemos vivido, en la doble dinámica del dar y recibir, la suerte de contar con buenos amigos.

 

* Hace varias semanas vi Good Will Hunting (Matt Damon, Robin Williams y Ben Affleck, 1997…ya “es vieja”) y me hizo pensar un poco sobre el título (no sé si cursi) de este post…y siendo así que este fin de semana es el llamado “día del amor y la amistad” (no diré mi opinión sobre si ESO es cursi o no, jaja!), me pareció pertinente poner por escrito parte de esas ideas.

La paradoja de la felicidad humana (*)

La reciente creación del (Vice)Ministerio para la Suprema Felicidad Social del Pueblo ha generado todo tipo de comentarios en las redes sociales y ocupado espacio en las conversaciones ocasionales de muchos venezolanos…no es para menos, la verdad.

Ciertamente, si los ministerios son los departamentos en que se divide la gobernación del Estado (RAE) y están para servir a los ciudadanos, según sugiere el término latino “ministrare” del que proviene, da la impresión de que todos y cada uno de ellos −y el Gobierno entero de una Nación− deberían tener como objetivo general “hacer feliz” al Pueblo que lideran. Pareciera que no hace falta un ente especializado en procurar la felicidad de un país, sino que esta sería la consecuencia natural de una gestión bien llevada.

Seguramente el tema sea más complejo que lo dicho y quizás estas observaciones no sean del todo acertadas. Pero a lo que se dirigen ahora estas líneas es a la pregunta acerca del sentido, el origen y los modos de alcanzar esa meta universal en que consiste la felicidad humana.mafalda_llave1

Todos queremos ser felices. De eso no cabe la menor duda. Ni siquiera cabe escapatoria: la búsqueda de la felicidad es lo único que determina al ser humano, es lo que le mueve a actuar, lo que inspira sus días y cada una de sus acciones. Sí: todos queremos ser felices, pero no siempre sabemos cómo lograrlo.

En líneas muy generales, podría hablarse de felicidad como la complacencia en la obtención de un bien; de donde Santo Tomás de Aquino destaca sus dos fundamentos: el primero, de carácter objetivo, es la perfección que se alcanza cuando se consigue un bien; y el segundo, perteneciente al plano subjetivo, es el gozo que se deriva de esa conquista.

De este modo, se deja ver que la felicidad surge necesariamente de la conjunción de estos dos elementos y se entiende sombraque es un efecto, una consecuencia…como lo es la sombra que un objeto proyecta sobre una pared. Se produce entonces algo paradójico: la felicidad no es una meta que pueda buscarse en sí misma, como no puede procurarse en sí misma la sombra, sino que es “el bono” que acompaña a lo bueno. La felicidad no puede existir donde no exista el bien. A lo sumo habrá placeres, incluso algunas alegrías pasajeras, pero la felicidad no aparece si el bien no está presente.

Por otra parte, la felicidad será mayor, mejor y más estable según sea así el bien que la sustenta, razón por la cual las mayores felicidades humanas están en el encuentro con los demás, en el amor: porque la persona humana es el mayor bien del universo.

Vale la pena no perder esto de vista en la propia vida y frente a los personales anhelos: el camino indispensable para alcanzar la felicidad es conseguir el bien, luchar por alcanzarlo, por hacerlo cada vez mayor y mejor en nuestro día a día.

*Esto fue un artículo publicado hace DOS AÑOS como colaboración a una web de temas de política… Facebook me recordó acerca de su publicación y decidí compartirlo aquí…

“Portadores de humanidad” (*)

Ilustrísimo Rector Dr. Joaquín Rodríguez Alonso, autoridades del Consejo Superior y demás autoridades de la Universidad; profesores, señoras y señores.

Queridísimos graduandos.

DiscursoHace diez años y dos días, me encontraba en una de esas sillas en las que ustedes están ahora: nos acogía entonces este mismo auditorio para llevar a cabo el primer acto de graduación de la Universidad Monteávila. Hoy, se me ha concedido el honor de dirigirme a Uds., en representación del Claustro universitario.
Y, pensando en lo que querría decirles, me pareció buena idea que tuviéramos una última clase de Antropología, materia gracias a la cual pudimos compartir tantas ocasiones.

En esos ratos que pasamos juntos hablando de la persona humana, fuimos aprendiendo a descubrirnos a nosotros mismos, a profundizar sobre el sentido de nuestra  vida, sobre el valor y la riqueza que supone experimentar a plenitud y en profundidad la libertad personal.

Libertad que existe para construir la propia existencia, para auto-poseernos, para hacernos valientes y generosos en la conquista del bien personal y del bien común. Libertad que necesita de una inteligencia bien formada, abierta y comprometida con la verdad. De una voluntad que no tema los obstáculos que la consecución del bien presenta. Libertad que nos haga muy dueños de nosotros mismos, comprometidos con ideales altos y nobles, que nos lleve a Frankl'spotenciar nuestras capacidades, a adquirir los hábitos necesarios para hacer el bien y “contagiar” esa riqueza a las personas y a las instituciones que nos rodean. Libertad, en definitiva, para ir haciendo golpe a golpe y verso a verso, con cada decisión, con cada relación interpersonal, laboral, social… la mejor versión de nosotros mismos.

Con esta idea en mente, recordaba que de la mano de Víctor Frankl[1], acompañándolo en los horrores de un campo de un concentración nazi, aprendimos que el mundo gira y girará siempre movido por la fuerza de la búsqueda constante y valiente de lo bueno, lo verdadero, lo bello; de la preocupación y ocupación sincera por los demás, en una palabra: por la fuerza del amor.

Amor −espero que lo recuerden, que no se resuelve en el plano de lo inmediato ni de lo puramente  sentimental, sino que se eleva en el ámbito de la entrega, muchas veces sacrificada, para ponernos al servicio del otro, reconociendo su dignidad, singularidad y valía absolutas, acogiéndolo y acompañándolo en su camino a la felicidad.

Cada uno de los títulos y medallas que han recibido, que hemos recibido los hijos de esta Alma Mater, tiene inscrito de modo visible el lema de la Monteávila, que es a la vez recordatorio e invitación. “Supra Montem Possita”: “puesta sobre el monte”. Y es que lo propio de los licenciados, abogados y especialistas de Monteávila es que sean hombres y mujeres de bien, cuyo actuar recto esté a la vista de todos, cuyos modos y decisiones sean ejemplo que animen e iluminen a los otros, cuyo corazón sea, como invitaba nuestro querido poeta, “espejo donde se peinen la conciencia los hijos de nuestro pueblo”[2].

Ese sentido de responsabilidad, de solidaridad y de trascendencia ha de espolearnos cada día y en cada cosa que hacemos, con la seguridad de que como también nos enseñó Frankl, “en las horas difíciles siempre hay alguien que nos observa”, que nada de cuánto ocurre −y nos ocurre− es fruto del puro azar, que nuestras vidas tienen una finalidad concreta, un sentido que descubrimos cuando nos damos a los demás, cuando buscamos el bien.

Muchas cosas grandes y buenas dependen de nuestro actuar y nuestro decidir. Por eso, no podemos perder de vista nunca que “no importa tanto lo que podamos esperar de la vida, sino el hecho de que la vida espera algo de nosotros[3].

Venezuela necesita que seamos mejores venezolanos y eso sólo podremos hacerlo si nos empeñamos en ser mejores seres humanos. El país −el mundo− necesita desesperadamente de hombres y mujeres que sean fieles a su condición de personas, que tengan la fortaleza de nadar contracorriente cuando sea necesario, de buscar con valentía la verdad, de luchar con fortaleza en la instauración del bien, aún cuando la resistencia provenga de nosotros mismos.

Venezuela espera de nosotros que nos esforcemos por ser personas humanas a carta cabal. Para ello es necesario que no dejemos de formarnos nunca, que cultivemos la propia intimidad, que nos abramos a la trascendencia de los amores humanos y del Amor divino y que asumamos con entereza el desafío inmenso de la construcción personal, único camino para las reconstrucciones socioculturales necesarias.

Sin pretensión de simplificar lo que en sí mismo es amplio y complejo, me aventuraría a afirmar que es este el gran reto que tenemos entre manos y ustedes, como nuevos egresados, de un modo particular: rescatar nuestra condición personal, esa que tiene como modelo, referencia y objetivo al Bien, la Verdad y la Belleza en sentido absoluto.

Así pues, quiero despedirme, mejor dicho, decirles hasta pronto, pidiéndoles que no pierdan esto de vista, que hagan vida lo que han recibido en la UMA, que sean personas humanas coherentes con su grandeza y su responsabilidad; en definitiva, que sea cada uno, cada una –en frase del Papa Francisco−, “hombres [y mujeres] ¡portadores de [verdadera] humanidad!

Muchas gracias

(*) Sigo haciendo trampa!!! (Jeje!) No he podido producir nada nuevo, así que comparto con ustedes mi discurso en el Acto de Grado de la Universidad Monteávila del año pasado

[1] Cfr. Rafael de los Ríos, Cuando el mundo gira enamorado. Semblanza de Víctor Frankl, Rialp, 2002.

[2] Andrés Eloy Blanco, Coloquio bajo el laurel

[3] Cfr. Rafael de los Ríos, op.cit., p.121

Cuatro “herencias” de papá (*)

El mes pasado hacíamos un breve comentario en torno al amor de madre. Sin embargo, una reflexión como esa no estaría bien planteada si no la acompañan algunas palabras acerca del amor paterno, pues ambos existen de modo complementario: a fin de que, entre uno y otro, cada hijo cuente con el ambiente óptimo para su desarrollo y crecimiento en las distintas dimensiones de su vida.

Es un hecho innegable que cada modo de ser aporta elementos únicos a nuestra configuración personal; y siendo junio el mes del padre en el país donde se escriben estas líneas, quisiera detenerme ahora a pensar en cuatro características que –a mi modo de ver− son herencia del amor masculino, del amor paterno (y con él, del de los tíos, abuelos, padrinos…) en nuestras vidas[1].

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  1. Confianza en uno mismo. Autonomía. Sabernos queridos por nuestro papá nos da una especie de fuerza e impulso: el convencimiento de que somos capaces de todo. La relación paterno-filial supone un nexo particular que nos impulsa a superar nuestras propias barreras, limitaciones o dificultades. El incentivo del padre nos mueve a no rendirnos nunca, a sentirnos capaces de dar más y mejor de nosotros cada día. Su confianza en nuestras capacidades nos llena a nosotros de confianza.

Aprender de Papá

  1. Espíritu de aventura y conocimientos. Sin detenernos en las tesis científicas que explican que la inclinación al estudio y el aprendizaje provienen del coeficiente intelectual del padre, el hecho es que esa invitación a probar, intentar y superarnos una y otra vez, se traduce también en un interés por lo nuevo, por el aprendizaje, no sólo intelectual sino también manual: saber hacer, fabricar, inventar e innovar ocupa gran parte del tiempo que compartimos con papá.

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  1. Apoyo y protección. Seguridad. La figura del padre está estrechamente ligada a la de autoridad y ley, pero desde una bondad objetiva por la que se deja ver que la firmeza está en función de nuestro bien. De ahí que los brazos del padre son siempre refugio seguro en el que cobijarnos. Sin juicios, sin rechazos (lo cual no significa “sin reprimendas”, cuando hacen falta), papá siempre nos espera, nos acoge, nos ayuda a descubrir lecciones detrás de cada caída y de cada acierto.
  1. Referente de futuro. En líneas generales, y aún cuando no se nos ocultan sus defectos y limitaciones, imitando-a-papalos hijos quieren ser como su papá cuando crezcan: imitar sus modos, sus tratos, sus gustos…; y las hijas suelen dibujar a su “príncipe azul” en función suya: la “altura de la vara” se mide por lo que han aprendido a valorar de su padre. Es el punto de identificación y referencia de lo que queremos para nuestra existencia futura.

La figura paterna (la humana y la espiritual) es una de las más importantes en la vida humana y, en consecuencia, también para el adecuado desarrollo de nuestra sociedad. Necesitamos redescubrirla y recuperarla para el enriquecimiento de la vida familiar.

Felicidades a quienes tienen la suerte de la responsabilidad paterna. Gracias a Dios y a la vida por mi papá, por mis tíos, por los grandes padres que son mis hermanos y también por mis primos y amigos que son papás.

[1] No pretendo con esto –¡en lo absoluto!− “encasillar” o “etiquetar” nada ni a nadie. Se trata de observaciones generales, que bien podrían darse de otra manera en muchos casos.

(*) Este post lo publiqué originalmente en http://proyectosb612.com/cuatro-herencias-de-papa/

Cinco características del amor maternal (*)

El mes de mayo, que ya se va despidiendo, tiene en muchos países –en prácticamente todos, gracias a las TIC− un acentuado tono de reconocimiento y ovación femenina, pues suele ser el mes en el que se celebra “el día de la madre”. En mayo suelen poblarse las redes sociales de todo tipo de anuncios resaltando la importancia de esa persona que no sólo nos ha transmitido la vida, al permitirnos nacer, sino que además nos ha entregado su vida, acompañándonos en cada paso de nuestro camino.

Hemos de reconocer que esa presencia materna tiene una fuerza como ninguna otra en el universo. Tanto en lo bueno como en lo malo, nada influye en nuestra vida con la misma intensidad con que lo hacen las palabras, acciones, vivencias, etc., que hemos compartido y/o todavía compartimos con ella.

Me gustaría tener habilidad suficiente para hacer una apología a “la altura” de la madre; de la mía, las de mis padres, las de mis primos, las de mis amigos y tantísimas otras, conocidas y desconocidas, habitantes en el tiempo o ya en la eternidad, pero me parece que la dignidad de la mujer que es madre escapa de cualquier cosa que pueda decir, lo cual no impedirá, no obstante, que al menos lo intente.

Pensando en esos anuncios que se comparten una y otra vez en la web, me pareció reparar en cinco elementos comunes a todos ellos, comunes a las buenas madres. Cinco características que suelen resaltarse cuando se presenta la riqueza de la figura materna:

  1. Generosidad: entrega. No hay límite de lo que una madre está dispuesta a dar y de hecho obsequia. Tiempo, conocimientos, gustos, cuidados, apoyo, consejo…todo lo que tiene y puede está a nuestra disposición, según necesitemos.
  2. Perseverancia en los esfuerzos. La entrega mantenida en el tiempo. Para una madre, el “basta ya” no existe. Sus hijos son su atención, preocupación, alegría y orgullo desde que se entera que le lleva dentro y hasta la última de sus respiraciones. No hay “mayoría de edad” ni “independencia” que la detengan.mamá de adulto
  3. Alegría. Que no significa un carcajearse continuo ni mucho menos, sino la habilidad de no dejarse ganar por las dificultades –las del medio, las de nuestros defectos o de los suyos− y de complacerse en lo bueno.
  4. Capacidad de vislumbrar el bien posible: exigencia. Porque una buena madre no es la cómplice ni la que se ciega por el cariño, sino aquella que es capaz de reconocer, junto a nuestras cualidades, todo el bien que aún nos falta por alcanzar, las fortalezas con las que contamos para lograrlo y las debilidades que nos lo dificultan; motivo por el cual nos invitan a más (y mejor) cada vez.
  5. Sentido de trascendencia. Una madre entiende que su hijo se hace a sí mismo en el tiempo; que habrá de perfeccionarse gradualmente y que ese autoconstruirse −a cuyo servicio ella pone todo cuanto puede− va más allá del instante presente, para proyectarse en el infinito.

La grandeza de una madre, el motivo por el que es tan importante e imprescindible en la vida de cualquier persona (incluyendo a aquella que, por los motivos que sea, hace sus veces) consiste, en resumidas cuentas, en que ella desarrolla, con una amplitud y naturalidad únicas, la capacidad humana de amar: de darse por el bien de los demás. Esa es su nobleza, su legado, su ejemplo. De allí que, a mi modo de ver, la mayor riqueza que tiene la humanidad es, precisamente, la mujer que vive su maternidad –biológica o espiritual− en plenitud.

supermadre

Gracias y felicidades a cada una de ellas.

Gracias a Dios por esas joyas.

(*) Este post lo publiqué originalmente a finales de mayo en http://proyectosb612.com/cinco-caracteristicas-del-amor-maternal/

Darse

«En la oscuridad tropezaban con las piedras y se metían en los charcos al recorrer el único camino que partía del campo. Los soldados de las SS no dejaban de gritarles y azuzarles con las culatas de los rifles (…) Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta el doctor Sick, que marchaba a su lado, susurró “¡si nos vieran nuestras esposas!” (…) Sus palabras evocaron en Viktor el recuerdo de Tilly: su voz, su sonrisa, su mirada franca y cordial… La mente de Viktor se aferraba a la imagen de su mujer:

− “Por primera vez en mi vida estoy comprendiendo que el amor es la meta última a la que puede aspirar el hombre. Es ahora cuando comprendo el mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y la fe del hombre nos intentan comunicar: que la salvación de la persona está en el amor (…) Ahora estoy entendiendo cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad si contempla al ser querido…”» (Viktor Frankl)

En febrero todo gira en torno al amor. Publicidad, películas, ofertas, planes… Es “el mes de los enamorados”. Me parece genial: es buena cualquier “excusa” para propiciar detalles de cariño entre quienes se quieren. Siempre son bienvenidos y agradecidos. Es un regalo maravilloso la compañía de quien lo celebra con nosotros y eso bien merece el festejo.

No dejo de pensar, sin embargo, que muchas veces toda esta parafernalia puede terminar opacando (un poco o un mucho, según los casos) aquello en lo que más radicalmente consiste el amor. Que entre tantos cupidos y corazones flotando se podría perder de vista el núcleo, el punto de apoyo de la fiesta.

A propósito de esto, “por casualidad” este fin de semana volví a ver Los Miserables: una historia en la que la fuerza del amor salva y transforma la vida de un hombre y de quienes se cruzan con él.Jean Valjean

Tanto en la versión musical reciente como en la película anterior (protagonizada por Liam Neeson), Jean Valjean –un peligroso convicto− queda desconcertado ante la bondad de un obispo que, sin conocerle, le brinda su hospitalidad, perdona lo que le robara y luego “compra su alma” «liberándola del miedo, el odio y el mal, para devolverla a Dios y al bien». Después de 19 años de trabajos forzados en los que ha sido maltratado, su vida choca de frente con el amor y se transforma para siempre porque aprende a amar: a hacer el bien, a darse a los demás, a reconocer la imagen divina en toda persona.

Historias como esta –más reales que esta− embellecen de un modo único el caminar humano a lo largo del tiempo y en medio de las circunstancias más variadas que podamos imaginar. La criatura humana ha sido hecha por amor y para el amor, por lo cual no logra alcanzar su propia plenitud y  felicidad si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás (Gaudium et spes, 24).

De allí que podamos decir –usando palabras del querido (doctor) Tomás Melendo− que amar es uno de los actos más humanos, probablemente el más humano, que el hombre puede realizar, pues implica necesariamente reconocer el valor único e íntimo del otro y logra que, aunque cueste, salgamos de nosotros mismos en lo de cada día, para darnos al amado –esposo, novio, amigo, hermano, abuelo, vecino…−, buscando su felicidad, su bien.

En un mundo que −como señala el Papa Francisco− ha ido “globalizando la indiferencia” y que confunde amor con autosatisfacción y placer, el descubrimiento de la verdadera naturaleza del amor se alza como una de nuestras principales necesidades.

No pretendo lograrlo en estas pocas líneas, claro está. Abarcar todo aquello en lo que consiste el amor requeriría tiempo, espacio y calidad intelectual mayores; pero podría servir de momento mantener presentes estas dos ideas, que son hilo conductor de Los Miserables y que resultan pertinentes en este “mes del amor”: quien ama se olvida de sí mismo para volcarse en la otra persona y en esa fuerza e impulso encuentra el motivo último y más profundo con el que darle sentido a su existencia y alcanzar su más grande dicha.