Tres ideas acerca de los sentimientos. A propósito de Intensa-mente (1 de 2) *

La más reciente película de Disney-Pixar, “Inside out”, que en Latinoamérica se ha llamado “Intensa-mente” y en España “Del revés”, ha puesto en la mira parte del papel que los sentimientos, emociones, afectos… desempeñan en la vida de las personas, pues cuenta la historia de Riley Anderson, una niña de 11 años, y de las “cinco emociones” −Alegría, Temor, Desagrado, Furia y Tristeza− que actúan en su interior.

La persona humana es una unidad perfecta de cuerpo, alma y afectividad. Al cuerpo pertenece su relación directa con el mundo por medio de los sentidos y las funciones básicas propias de la supervivencia y el crecimiento. Su alma o dimensión inmaterial está caracterizada por la inteligencia (encargada de entender la verdad) y la voluntad (cuyo trabajo es querer el bien). La afectividad, por su parte, es la dimensión por la cual las cosas y situaciones nos “afectan”, nos importan. La conjunción (armónica) de estas tres hace de la persona el sujeto único e irrepetible que es. Ni puro cuerpo (biologicismo), ni sólo alma (racionalismo o espiritualismo), ni sólo afectos (sentimentalismo): una unidad compleja de elementos en la que cada uno es importante. No obstante, el rol de moderador le corresponde a la inteligencia y la voluntad, pues la sola supervivencia resulta pobre para el ser humano y los sentimientos son cambiantes por naturaleza, dependen de las circunstancias, mientras que la inteligencia y la voluntad están (pueden estar) en función de la propia perfección.

“Intensa-mente” resulta particularmente interesante pues, siendo una película dirigida inicialmente a niños, logra sintetizar bastante bien un asunto que en sí mismo es amplio y complejo.

Valdría la pena, con ocasión de lo allí propuesto, recordar tres ideas acerca del mundo de los sentimientos humanos, que podemos encontrar en el filme:

  1. Omnipresencia de la afectividad en la vida humana. Somos, ya lo decía, sujetos afectivos. Quien más, quien menos, por personalidad, cultura, sexo, idiosincrasia, etc., todos experimentamos sentimientos, emociones, pasiones, afectos… Interesa, sin embargo, que lejos de dejarnos “manejar”  inconscientemente por esa afectividad, aprendamos a conocerla, manejarla y potenciarla a favor del propio desarrollo personal y relacional. Intensamente 1
  2. Todas las emociones y situaciones son valiosas e importantes, también las negativas. Sabemos por experiencia que el ser humano busca por naturaleza el bien y evita el mal, pero no puede huir de él eternamente. Por tanto,más que esforzarnos por “evitar el sufrimiento”, hemos de procurar “aprender a sufrir” y reconocer que las emociones negativas tienen un rol importante que jugar en la vida, tanto para el enriquecimiento del propio proceso de maduración y aprendizaje como para la vinculación con los demás.
  3. Relevancia de la familia en el desarrollo de la persona. Tanto para conocernos a nosotros mismos en la visión del otro (que nos conoce y nos ama), como para apoyarnos y superar las dificultades: la familia es el primer proveedor de amor y el que más necesitamos: enriquece, sana, acoge, restituye

La afectividad es una dimensión positiva y valiosa de nuestra condición personal, con una capacidad y fuerza únicas: hemos de aprender a conocerla, manejarla y dirigirla para un mejor desarrollo.

* publicación original en bit.ly/1KGC7Yz

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“Portadores de humanidad” (*)

Ilustrísimo Rector Dr. Joaquín Rodríguez Alonso, autoridades del Consejo Superior y demás autoridades de la Universidad; profesores, señoras y señores.

Queridísimos graduandos.

DiscursoHace diez años y dos días, me encontraba en una de esas sillas en las que ustedes están ahora: nos acogía entonces este mismo auditorio para llevar a cabo el primer acto de graduación de la Universidad Monteávila. Hoy, se me ha concedido el honor de dirigirme a Uds., en representación del Claustro universitario.
Y, pensando en lo que querría decirles, me pareció buena idea que tuviéramos una última clase de Antropología, materia gracias a la cual pudimos compartir tantas ocasiones.

En esos ratos que pasamos juntos hablando de la persona humana, fuimos aprendiendo a descubrirnos a nosotros mismos, a profundizar sobre el sentido de nuestra  vida, sobre el valor y la riqueza que supone experimentar a plenitud y en profundidad la libertad personal.

Libertad que existe para construir la propia existencia, para auto-poseernos, para hacernos valientes y generosos en la conquista del bien personal y del bien común. Libertad que necesita de una inteligencia bien formada, abierta y comprometida con la verdad. De una voluntad que no tema los obstáculos que la consecución del bien presenta. Libertad que nos haga muy dueños de nosotros mismos, comprometidos con ideales altos y nobles, que nos lleve a Frankl'spotenciar nuestras capacidades, a adquirir los hábitos necesarios para hacer el bien y “contagiar” esa riqueza a las personas y a las instituciones que nos rodean. Libertad, en definitiva, para ir haciendo golpe a golpe y verso a verso, con cada decisión, con cada relación interpersonal, laboral, social… la mejor versión de nosotros mismos.

Con esta idea en mente, recordaba que de la mano de Víctor Frankl[1], acompañándolo en los horrores de un campo de un concentración nazi, aprendimos que el mundo gira y girará siempre movido por la fuerza de la búsqueda constante y valiente de lo bueno, lo verdadero, lo bello; de la preocupación y ocupación sincera por los demás, en una palabra: por la fuerza del amor.

Amor −espero que lo recuerden, que no se resuelve en el plano de lo inmediato ni de lo puramente  sentimental, sino que se eleva en el ámbito de la entrega, muchas veces sacrificada, para ponernos al servicio del otro, reconociendo su dignidad, singularidad y valía absolutas, acogiéndolo y acompañándolo en su camino a la felicidad.

Cada uno de los títulos y medallas que han recibido, que hemos recibido los hijos de esta Alma Mater, tiene inscrito de modo visible el lema de la Monteávila, que es a la vez recordatorio e invitación. “Supra Montem Possita”: “puesta sobre el monte”. Y es que lo propio de los licenciados, abogados y especialistas de Monteávila es que sean hombres y mujeres de bien, cuyo actuar recto esté a la vista de todos, cuyos modos y decisiones sean ejemplo que animen e iluminen a los otros, cuyo corazón sea, como invitaba nuestro querido poeta, “espejo donde se peinen la conciencia los hijos de nuestro pueblo”[2].

Ese sentido de responsabilidad, de solidaridad y de trascendencia ha de espolearnos cada día y en cada cosa que hacemos, con la seguridad de que como también nos enseñó Frankl, “en las horas difíciles siempre hay alguien que nos observa”, que nada de cuánto ocurre −y nos ocurre− es fruto del puro azar, que nuestras vidas tienen una finalidad concreta, un sentido que descubrimos cuando nos damos a los demás, cuando buscamos el bien.

Muchas cosas grandes y buenas dependen de nuestro actuar y nuestro decidir. Por eso, no podemos perder de vista nunca que “no importa tanto lo que podamos esperar de la vida, sino el hecho de que la vida espera algo de nosotros[3].

Venezuela necesita que seamos mejores venezolanos y eso sólo podremos hacerlo si nos empeñamos en ser mejores seres humanos. El país −el mundo− necesita desesperadamente de hombres y mujeres que sean fieles a su condición de personas, que tengan la fortaleza de nadar contracorriente cuando sea necesario, de buscar con valentía la verdad, de luchar con fortaleza en la instauración del bien, aún cuando la resistencia provenga de nosotros mismos.

Venezuela espera de nosotros que nos esforcemos por ser personas humanas a carta cabal. Para ello es necesario que no dejemos de formarnos nunca, que cultivemos la propia intimidad, que nos abramos a la trascendencia de los amores humanos y del Amor divino y que asumamos con entereza el desafío inmenso de la construcción personal, único camino para las reconstrucciones socioculturales necesarias.

Sin pretensión de simplificar lo que en sí mismo es amplio y complejo, me aventuraría a afirmar que es este el gran reto que tenemos entre manos y ustedes, como nuevos egresados, de un modo particular: rescatar nuestra condición personal, esa que tiene como modelo, referencia y objetivo al Bien, la Verdad y la Belleza en sentido absoluto.

Así pues, quiero despedirme, mejor dicho, decirles hasta pronto, pidiéndoles que no pierdan esto de vista, que hagan vida lo que han recibido en la UMA, que sean personas humanas coherentes con su grandeza y su responsabilidad; en definitiva, que sea cada uno, cada una –en frase del Papa Francisco−, “hombres [y mujeres] ¡portadores de [verdadera] humanidad!

Muchas gracias

(*) Sigo haciendo trampa!!! (Jeje!) No he podido producir nada nuevo, así que comparto con ustedes mi discurso en el Acto de Grado de la Universidad Monteávila del año pasado

[1] Cfr. Rafael de los Ríos, Cuando el mundo gira enamorado. Semblanza de Víctor Frankl, Rialp, 2002.

[2] Andrés Eloy Blanco, Coloquio bajo el laurel

[3] Cfr. Rafael de los Ríos, op.cit., p.121

Cuatro “herencias” de papá (*)

El mes pasado hacíamos un breve comentario en torno al amor de madre. Sin embargo, una reflexión como esa no estaría bien planteada si no la acompañan algunas palabras acerca del amor paterno, pues ambos existen de modo complementario: a fin de que, entre uno y otro, cada hijo cuente con el ambiente óptimo para su desarrollo y crecimiento en las distintas dimensiones de su vida.

Es un hecho innegable que cada modo de ser aporta elementos únicos a nuestra configuración personal; y siendo junio el mes del padre en el país donde se escriben estas líneas, quisiera detenerme ahora a pensar en cuatro características que –a mi modo de ver− son herencia del amor masculino, del amor paterno (y con él, del de los tíos, abuelos, padrinos…) en nuestras vidas[1].

PapáPiscina

  1. Confianza en uno mismo. Autonomía. Sabernos queridos por nuestro papá nos da una especie de fuerza e impulso: el convencimiento de que somos capaces de todo. La relación paterno-filial supone un nexo particular que nos impulsa a superar nuestras propias barreras, limitaciones o dificultades. El incentivo del padre nos mueve a no rendirnos nunca, a sentirnos capaces de dar más y mejor de nosotros cada día. Su confianza en nuestras capacidades nos llena a nosotros de confianza.

Aprender de Papá

  1. Espíritu de aventura y conocimientos. Sin detenernos en las tesis científicas que explican que la inclinación al estudio y el aprendizaje provienen del coeficiente intelectual del padre, el hecho es que esa invitación a probar, intentar y superarnos una y otra vez, se traduce también en un interés por lo nuevo, por el aprendizaje, no sólo intelectual sino también manual: saber hacer, fabricar, inventar e innovar ocupa gran parte del tiempo que compartimos con papá.

padre-abrazando

  1. Apoyo y protección. Seguridad. La figura del padre está estrechamente ligada a la de autoridad y ley, pero desde una bondad objetiva por la que se deja ver que la firmeza está en función de nuestro bien. De ahí que los brazos del padre son siempre refugio seguro en el que cobijarnos. Sin juicios, sin rechazos (lo cual no significa “sin reprimendas”, cuando hacen falta), papá siempre nos espera, nos acoge, nos ayuda a descubrir lecciones detrás de cada caída y de cada acierto.
  1. Referente de futuro. En líneas generales, y aún cuando no se nos ocultan sus defectos y limitaciones, imitando-a-papalos hijos quieren ser como su papá cuando crezcan: imitar sus modos, sus tratos, sus gustos…; y las hijas suelen dibujar a su “príncipe azul” en función suya: la “altura de la vara” se mide por lo que han aprendido a valorar de su padre. Es el punto de identificación y referencia de lo que queremos para nuestra existencia futura.

La figura paterna (la humana y la espiritual) es una de las más importantes en la vida humana y, en consecuencia, también para el adecuado desarrollo de nuestra sociedad. Necesitamos redescubrirla y recuperarla para el enriquecimiento de la vida familiar.

Felicidades a quienes tienen la suerte de la responsabilidad paterna. Gracias a Dios y a la vida por mi papá, por mis tíos, por los grandes padres que son mis hermanos y también por mis primos y amigos que son papás.

[1] No pretendo con esto –¡en lo absoluto!− “encasillar” o “etiquetar” nada ni a nadie. Se trata de observaciones generales, que bien podrían darse de otra manera en muchos casos.

(*) Este post lo publiqué originalmente en http://proyectosb612.com/cuatro-herencias-de-papa/

Cinco características del amor maternal (*)

El mes de mayo, que ya se va despidiendo, tiene en muchos países –en prácticamente todos, gracias a las TIC− un acentuado tono de reconocimiento y ovación femenina, pues suele ser el mes en el que se celebra “el día de la madre”. En mayo suelen poblarse las redes sociales de todo tipo de anuncios resaltando la importancia de esa persona que no sólo nos ha transmitido la vida, al permitirnos nacer, sino que además nos ha entregado su vida, acompañándonos en cada paso de nuestro camino.

Hemos de reconocer que esa presencia materna tiene una fuerza como ninguna otra en el universo. Tanto en lo bueno como en lo malo, nada influye en nuestra vida con la misma intensidad con que lo hacen las palabras, acciones, vivencias, etc., que hemos compartido y/o todavía compartimos con ella.

Me gustaría tener habilidad suficiente para hacer una apología a “la altura” de la madre; de la mía, las de mis padres, las de mis primos, las de mis amigos y tantísimas otras, conocidas y desconocidas, habitantes en el tiempo o ya en la eternidad, pero me parece que la dignidad de la mujer que es madre escapa de cualquier cosa que pueda decir, lo cual no impedirá, no obstante, que al menos lo intente.

Pensando en esos anuncios que se comparten una y otra vez en la web, me pareció reparar en cinco elementos comunes a todos ellos, comunes a las buenas madres. Cinco características que suelen resaltarse cuando se presenta la riqueza de la figura materna:

  1. Generosidad: entrega. No hay límite de lo que una madre está dispuesta a dar y de hecho obsequia. Tiempo, conocimientos, gustos, cuidados, apoyo, consejo…todo lo que tiene y puede está a nuestra disposición, según necesitemos.
  2. Perseverancia en los esfuerzos. La entrega mantenida en el tiempo. Para una madre, el “basta ya” no existe. Sus hijos son su atención, preocupación, alegría y orgullo desde que se entera que le lleva dentro y hasta la última de sus respiraciones. No hay “mayoría de edad” ni “independencia” que la detengan.mamá de adulto
  3. Alegría. Que no significa un carcajearse continuo ni mucho menos, sino la habilidad de no dejarse ganar por las dificultades –las del medio, las de nuestros defectos o de los suyos− y de complacerse en lo bueno.
  4. Capacidad de vislumbrar el bien posible: exigencia. Porque una buena madre no es la cómplice ni la que se ciega por el cariño, sino aquella que es capaz de reconocer, junto a nuestras cualidades, todo el bien que aún nos falta por alcanzar, las fortalezas con las que contamos para lograrlo y las debilidades que nos lo dificultan; motivo por el cual nos invitan a más (y mejor) cada vez.
  5. Sentido de trascendencia. Una madre entiende que su hijo se hace a sí mismo en el tiempo; que habrá de perfeccionarse gradualmente y que ese autoconstruirse −a cuyo servicio ella pone todo cuanto puede− va más allá del instante presente, para proyectarse en el infinito.

La grandeza de una madre, el motivo por el que es tan importante e imprescindible en la vida de cualquier persona (incluyendo a aquella que, por los motivos que sea, hace sus veces) consiste, en resumidas cuentas, en que ella desarrolla, con una amplitud y naturalidad únicas, la capacidad humana de amar: de darse por el bien de los demás. Esa es su nobleza, su legado, su ejemplo. De allí que, a mi modo de ver, la mayor riqueza que tiene la humanidad es, precisamente, la mujer que vive su maternidad –biológica o espiritual− en plenitud.

supermadre

Gracias y felicidades a cada una de ellas.

Gracias a Dios por esas joyas.

(*) Este post lo publiqué originalmente a finales de mayo en http://proyectosb612.com/cinco-caracteristicas-del-amor-maternal/

El astuto sustituye al héroe o la disolución de la Fortaleza.

Confesión previa: me encontré este texto hace dos días mientras buscaba otro documento…lo escribí en 2007, la verdad ni siquiera lo recordaba.

Es un poco largo, pero me pareció entretenido, así que decidí “colearlo” como mi post de este mes, porque no he logrado sacar tiempo para hacer uno nuevo.

Espero me perdonen…y lo disfruten 😉

* * *

Cunde el pánico en los pasillos. La gente pasa rápidamente y con expresión de lamento y resignación. Han acudido a la clínica los más variados e ilustres personajes. Todos comentan el triste acontecimiento. Nadie levanta la voz por encima de un leve susurro, pero rápida como el fuego se esparce noticia: ¡el héroe está agonizando!

Médicos venidos de los cuatro puntos cardinales, los mejores especialistas, las enfermeras más destacadas…todos han intentado hacer su mejor esfuerzo; cuanto han podido se ha puesto por obra. En realidad no mucho porque, como sabemos, el problema está muy por encima de sus posibilidades. Es como con las hadas: ¿qué puede hacer la medicina por ellas si los niños no aplauden para salvarlas?

No. Las fragilidades del héroe no se curan con sueros y medicinas. Su desfallecimiento es mucho más interno y profundo. Sin embargo, aún respira. ¡No está todo perdido! Las señales de vida persisten, débiles, pero reales. Hay quienes hablan de antídotos y curación ¡¿Qué está pasando y cómo podemos solucionarlo?! ¿Qué lo ha debilitado de esta manera…y qué lo mantiene aún –tan anémicamente– con vida?

Es en los pasillos, para variar, donde más se comenta al respecto. Si se presta atención a los murmullos que intercambian quienes viven esta agonía de cerca, es posible entrever mucho de cuanto los encargados de las investigaciones han conseguido descubrir en sus intensas pesquisas. Hagámonos eco de ellas.

Lo primero en descubrirse, para alegría de todos, es que el héroe todavía es querido, admirado, apreciado. En las grandes hazañas se le descubre y reconoce su valía: el bombero que entra al edificio, del que todos huyen, para salvar la vida de desconocidos, aun a riesgo de la propia; el soldado que muere defendiendo a su patria; el policía que vela a diario por el ordenado cumplimiento de la justicia… Así mismo ocurre –y más “pomposamente”– en todas las historias y series que exaltan a quien, teniendo súper poderes, los usa en beneficio del “Bien Común” (Harry Potter vs. Voldemort, Spiderman vs. Octopus, Batman y Robin vs. El Guasón, etc.). En realidad sigue siendo sumamente atractiva la figura del héroe. Se le continúa defendiendo porque se reconoce que es aquel hombre capaz de sacrificar su propia vida para hacer mejor la de los demás; que busca desinteresadamente el bienestar de quienes le rodean, aunque la mayoría de las veces ello implique dejar de lado sus gustos, ambiciones, necesidades, etc. De hecho, los “finales felices” son aquellos en los que el héroe triunfa sobre el villano, el bien sobre el mal.

El bien sobre el mal

Lo que diferencia a un villano de un héroe es que el primero busca su propio beneficio sin importarle cuánto daño pueda hacer a los demás −y en muchas ocasiones buscando perjudicarlos adrede−, mientras que el héroe intenta impedirlo e instaurar el bien entre todos. Es de conocimiento común que lo que hace héroe a un héroe es que sea bueno.

Hercules-and-Megara-Por ejemplo, lo que permite a Hércules[1] convertirse ¡al fin! en héroe no es la fama que consigue y las peleas que gana –sus habilidades, su fuerza o sus destrezas– sino el acto de lanzarse al Hades en busca de su amada: estar dispuesto a dejar su vida para salvar la de ella. Ser capaz de descubrir que hay un bien superior por el que vale la pena sacrificarse y buscarlo por encima del propio. Todo héroe hace vida este elemento común y por eso es querido y admirado…por eso sigue con vida, débil, pero vivo.

No obstante, allí mismo, en esa esplendidez, se anidan dos causas de su malestar: se ha confundido la noción de heroicidad, orientándola sólo hacia quien hace grandes y aparatosas acciones buenas; y se ha distorsionado la noción de bien.

De esto hablan los expertos mientras el héroe yace, intentando sobrevivir.

Sobre lo primero –afirman− se ha dado a entender que la heroicidad ha de estar reservada únicamente para “Los Increíbles”: se ha relegado lo heroico a las situaciones extraordinarias, olvidando que en la vida cotidiana, donde no suele haber grandes hazañas y los súper-poderes no existen de ordinario, hay miles de oportunidades diarias para ser heroicos. Millones de ocasiones. Así pues, nuestro héroe se ha quedado solo. Y esa soledad lo está matando de inanición: sólo le llega un poco de aliento proveniente de suspiros que los extraordinarios personajes cinematográficos y televisivos arrancan a sus fans, pero que, una vez terminada la función, quedan en el olvido con gran facilidad, en vez ser alimentado por los innumerables detalles que los “hombres de a pie” pueden llevar a cabo en su cotidianidad porque en cada cosa que hacen pueden, al igual que los héroes, buscar el bien.

heroes-cotidianos

Es aquí donde nos encontramos de frente con la segunda razón de la agonía: el desconocimiento de lo que es bueno. Hace falta el bien como objetivo para que pueda existir la fortaleza como virtud que dé vida al héroe. Y es sobre esta cura que hablan quienes se aventuran a declarar un remedio: Fortaleza. La Fortaleza, entendida como una virtud por la que el hombre somete lo placentero o lo penoso a un acto generoso de amor que se da en bien de otro[2], podría sacar al héroe de la postración en la que se encuentra; sin embargo, para que ella pueda existir, ya lo hemos dicho, es necesario que la persona conozca y busque el bien. La situación se agrava en tanto que se desconoce cuál es el bien, porque no se sabe realmente quién es el hombre. De esta manera, quienes han de ser heroicos –o sea: todos los hombres– se conforman con falsas caricaturas de bienes aparentes y van abandonando lo que es ciertamente bueno, lo que les haría verdaderos héroes.

A estas propuestas hubo quienes levantaron la mano para opinar que si eso fuera cierto, si realmente no se tuviera conciencia de lo bueno, tampoco en lo extraordinario se reconocería cuán loable es la acción heroica y ya nuestro paciente habría muerto, pero que −precisamente porque aún quedan al menos cenizas de la noción de bien− nuestro héroe sigue respirando.

En opinión de algunos, una de las respuestas más sabias a esta objeción fue la que resaltó que, en efecto, todavía reconocemos lo bueno, pero 1º) lo bueno “en grande”, a lo lejos, en situaciones extraordinarias;  y, por tanto, 2º) para que lo haga otro. De esta manera es posible encontrar acciones moralmente malas llevadas a cabo por el aparentemente más noble de los héroes, sin que esto parezca afectar nuestra percepción de su valía. Y resulta que esto debilita el pulso del verdadero. El héroe busca el bien siempre y a toda costa: lo demás son sólo parodias y tergiversaciones.

Para apoyar lo que acababa de decirse y demostrar lo arraigada que está esta confusión en nuestro modo de vivir, un experimentado lector de nuestro “tío tigre y tío conejo” apuntó que en nuestra cotidianidad “criolla”, el vivo se coloca siempre por encima del bueno, casi sin darse cuenta e inclusive teniendo como modelo de vida algún gran y sacrificado héroe. Por ejemplo, si se le pregunta a un muchacho –de unos 13 ó 14 años– como quién prefiere ser, si como Superman o como Lex Luthor, muy seguramente se inclinará por el primero, casi sin pensarlo, al reconocerlo como el bueno; pero si llegáramos a preguntarle –inmediatamente– si para obtener 20 puntos en un examen preferiría dedicar todo un fin de semana de estudio –con las consecuentes renuncias de fiestas, cines, siestas, etc.– o lograrlo recibiendo “bajo cuerda” una copia de la prueba sin sacrificar ninguno de sus gustos, es muy posible que escoja la segunda opción. Le atrae el bien logrado en las grandes hazañas, pero antes que el bien de lo concreto, prefiere su propia comodidad.

héroe caídoEste tipo de faltas de coherencia han herido a nuestro héroe casi como al gran Aquiles. Infracción que se viste con un eufemismo más atractivo y que lleva nombre de aparente virtud: astucia. Cada vez que se la menciona, aunque sea muy por lo bajo, nuestro noble enfermo gime y se entristece. Parece temer que su lugar en el mundo sea ocupado por ella e intenta con mayor fuerza resistir los ataques. Pero la intrusa logra colarse por entre los visitantes y con sonrisa burlona observa el desarrollo de los acontecimientos. Es la más peligrosa de las heridas porque ya goza de gran popularidad.

La astucia envuelve al hombre y le hace creer que busca el bien cuando en realidad le encierra en un ensimismamiento de comodidades que aletargan la conciencia humana y hacen que el hombre busque el bienestar propio como si fuera lo más importante. No que intente ser bueno, sino que procure agradar a su propia sensibilidad constantemente.

¡Esto es lo que desgarra a nuestro pobre héroe!

Hace falta, por tanto, el antídoto: que la persona humana se decida a descubrir el bien, a escogerlo y buscarlo en cada una de sus acciones, pase lo que pase y cueste lo que cueste, asumiendo en cada una de las tareas que le corresponde desempeñar la misma fuerza de ánimo con que lo harían aquellos grandes personajes admirados en la pantalla, grande o chica.

Convendrá, por supuesto, la ayuda del resto del elenco de virtudes que acompaña a la fortaleza: generosidad, templanza, prudencia, audacia, amor, lealtad, perseverancia, paciencia, responsabilidad…etc.

Hace falta, en definitiva, una vida virtuosa para sacar a nuestro querido héroe de la postración en que yace.

[1] Me refiero aquí al de Disney, en 2000.

[2] Cfr., Carlos Cardona en Ramis, R., El desarrollo de la libertad (las virtudes cardinales), Caracas 1999, p.43.

“Cuatro formas de vivir el optimismo”

Este texto está publicado originalmente en el excelente Blog http://proyectosb612.com/

Pueden acceder a él en: bit.ly/1zO0abX

Cuatro formas de vivir el optimismo

El tema del optimismo es uno de esos de los que todos hablamos, aunque no siempre con unidad de criterios.

Desde un punto de vista muy superficial, suele dibujarse al optimista como un sujeto ingenuo –que se autoengaña repitiendo que “todo está/estará bien”−, conformista y pasivo para quien tener “la mitad del vaso lleno” resulta suficiente. Si se la plantea así, se entiende que resulte una virtud tan poco atractiva.

Pero no consiste en eso el verdadero optimismo.

En líneas muy generales hablamos del optimista como de alguien que confía razonablemente en las capacidades propias y de quienes le rodean, que le lleva a fijarse en las oportunidades de bien que brindan las diferentes situaciones. Es el sujeto que atiende con realismo a “la mitad vacía del vaso” y la valora como una ocasión que se le ofrece para buscar los medios con los que llenarlo.

El verdadero optimismo no supone estar “echando porras”, “flotando sobre una nube” o riendo todo el día. De hecho es perfectamente compatible con el cansancio, el dolor, la tristeza…siempre y cuando no se abandone el empeño por conseguir las metas propuestas.

Podríamos hablar de tres características de la persona optimista:

  1. Confianza. En sí mismo, que le lleva a actuar. En los demás, que le lleva a pedir ayuda cuando reconoce sus propias limitaciones. En las opciones de bien que toda situación presenta, pues el mal absoluto no existe.
  2. Deportividad y perseverancia en los esfuerzos. Nada que valga la pena se consigue sin lucha. El des-enfado, propio de la actitud deportiva, lleva a continuar un día tras otro, mejorando en lo que haga falta y manteniendo lo bueno, sin rendirse por las dificultades.
  3. Capacidad de trascender lo inmediato. Porque la persona humana existe sólo en presente, pero se autoconstruye en el tiempo y nada de lo nuestro –ni los éxitos ni los fracasos− son definitivos.

Teniendo en cuenta que esta última característica da apoyo y sentido a las dos anteriores, vale la pena −como invitaba Víktor Frankl a sus pacientes y a sus compañeros de Auschwitz y Dachau− que encontremos un sentido trascendente a la propia existencia  de modo que podamos dar a las cosas, las personas y las situaciones el valor que realmente merecen.

Decía en una ocasión este psiquiatra vienés que “la vida tiene siempre un sentido, en cualquier circunstancia, y también aquí, en este maldito campo… Debemos mantener la esperanza de que nuestra vida jamás perderá su dignidad y su sentido. Os aseguro que en las horas difíciles siempre hay alguien que nos observa: un amigo, una esposa, alguien que esté vivo o muerto, o un Dios. Y ese alguien espera que suframos con orgullo, no miserablemente, y…con dignidad”[1], con lo cual daba a sus interlocutores –y a nosotros− una luz nueva sobre lo que puede constituir la confianza última y más firme para vivir el optimismo.

En estos tiempos de crisis (en casi todos los ámbitos, hemos de reconocerlo) la práctica de esta virtud se presenta como un reto muy particular. Creo que las siguientes cuatro ideas podrían ayudarnos a ello:

  1. Plantearse y mantener siempre presente el sentido de la propia vida.
  2. Mejorar y profundizar en nuestro autoconocimiento, en el de los demás y en el de la realidad que nos rodea.
  3. Plantearse metas de mejora cercanas y concretas para no desfallecer en los esfuerzos.
  4. Ejercitarse -al conversar, por ejemplo- en resaltar siempre, o al menos de primero, lo bueno de las personas y las situaciones.

Necesitamos hacernos cada día más capaces del bien y el crecimiento en optimismo es buen camino para lograrlo.

[1] Rafael de los Ríos. Cuando el mundo gira enamorado. Rialp 2002 2da edición p.109

Darse

«En la oscuridad tropezaban con las piedras y se metían en los charcos al recorrer el único camino que partía del campo. Los soldados de las SS no dejaban de gritarles y azuzarles con las culatas de los rifles (…) Con la boca protegida por el cuello de la chaqueta el doctor Sick, que marchaba a su lado, susurró “¡si nos vieran nuestras esposas!” (…) Sus palabras evocaron en Viktor el recuerdo de Tilly: su voz, su sonrisa, su mirada franca y cordial… La mente de Viktor se aferraba a la imagen de su mujer:

− “Por primera vez en mi vida estoy comprendiendo que el amor es la meta última a la que puede aspirar el hombre. Es ahora cuando comprendo el mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y la fe del hombre nos intentan comunicar: que la salvación de la persona está en el amor (…) Ahora estoy entendiendo cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad si contempla al ser querido…”» (Viktor Frankl)

En febrero todo gira en torno al amor. Publicidad, películas, ofertas, planes… Es “el mes de los enamorados”. Me parece genial: es buena cualquier “excusa” para propiciar detalles de cariño entre quienes se quieren. Siempre son bienvenidos y agradecidos. Es un regalo maravilloso la compañía de quien lo celebra con nosotros y eso bien merece el festejo.

No dejo de pensar, sin embargo, que muchas veces toda esta parafernalia puede terminar opacando (un poco o un mucho, según los casos) aquello en lo que más radicalmente consiste el amor. Que entre tantos cupidos y corazones flotando se podría perder de vista el núcleo, el punto de apoyo de la fiesta.

A propósito de esto, “por casualidad” este fin de semana volví a ver Los Miserables: una historia en la que la fuerza del amor salva y transforma la vida de un hombre y de quienes se cruzan con él.Jean Valjean

Tanto en la versión musical reciente como en la película anterior (protagonizada por Liam Neeson), Jean Valjean –un peligroso convicto− queda desconcertado ante la bondad de un obispo que, sin conocerle, le brinda su hospitalidad, perdona lo que le robara y luego “compra su alma” «liberándola del miedo, el odio y el mal, para devolverla a Dios y al bien». Después de 19 años de trabajos forzados en los que ha sido maltratado, su vida choca de frente con el amor y se transforma para siempre porque aprende a amar: a hacer el bien, a darse a los demás, a reconocer la imagen divina en toda persona.

Historias como esta –más reales que esta− embellecen de un modo único el caminar humano a lo largo del tiempo y en medio de las circunstancias más variadas que podamos imaginar. La criatura humana ha sido hecha por amor y para el amor, por lo cual no logra alcanzar su propia plenitud y  felicidad si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás (Gaudium et spes, 24).

De allí que podamos decir –usando palabras del querido (doctor) Tomás Melendo− que amar es uno de los actos más humanos, probablemente el más humano, que el hombre puede realizar, pues implica necesariamente reconocer el valor único e íntimo del otro y logra que, aunque cueste, salgamos de nosotros mismos en lo de cada día, para darnos al amado –esposo, novio, amigo, hermano, abuelo, vecino…−, buscando su felicidad, su bien.

En un mundo que −como señala el Papa Francisco− ha ido “globalizando la indiferencia” y que confunde amor con autosatisfacción y placer, el descubrimiento de la verdadera naturaleza del amor se alza como una de nuestras principales necesidades.

No pretendo lograrlo en estas pocas líneas, claro está. Abarcar todo aquello en lo que consiste el amor requeriría tiempo, espacio y calidad intelectual mayores; pero podría servir de momento mantener presentes estas dos ideas, que son hilo conductor de Los Miserables y que resultan pertinentes en este “mes del amor”: quien ama se olvida de sí mismo para volcarse en la otra persona y en esa fuerza e impulso encuentra el motivo último y más profundo con el que darle sentido a su existencia y alcanzar su más grande dicha.